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Música occidentalArtículo de la enciclopedia
Esquema
Introducción; La música en la antigüedad; La alta edad media; La baja edad media; El renacimiento; El barroco; El clasicismo y sus inicios; El romanticismo; El siglo XX
Como reacción a la complejidad del Ars nova, la mayoría de los compositores de comienzos del siglo XV prefirieron un estilo de mayor simplicidad, con melodías más suaves, armonías menos ásperas y menor importancia del contrapunto. Los compositores ingleses fueron los que más impulsaron este nuevo estilo, en especial John Dunstable. Los elegantes rasgos de su música fueron pronto asumidos por los compositores del resto de Europa, en especial por los que trabajaban en la capilla de los duques de Borgoña, en la Francia nororiental. Los compositores borgoñones destacan por sus canciones. En ellas una voz actúa como melodía principal y otra u otras dos la acompañan. También desarrollaron la práctica, comenzada por Machaut, de componer el ordinario de la misa completo. De esta forma, la misa se convirtió en un género de grandes proporciones comparable a lo que fueron las sinfonías en el siglo XIX. Las que se construían sobre un cantus firmus estaban basadas a menudo en canciones u otras obras profanas, además del canto gregoriano. Este hecho refleja una creciente influencia de lo profano durante el renacimiento. En la escritura contrapuntística los compositores de este periodo se apoyaron en gran medida en la imitación, la sucesiva reiteración en un corto espacio de una o más voces de la misma idea melódica. La técnica imitativa había estado en uso desde finales del siglo XIV, pero durante el renacimiento volvió a ser un elemento estructural fundamental en la música. Si una voz imitaba a otra durante un periodo de tiempo relativamente largo ambas formaban un canon. En algunas ocasiones dos voces se movían en canon durante toda la obra o en una sección, mientras las otras realizaban imitaciones más cortas. El compositor más internacional del primer renacimiento fue Guillaume Dufay. Escribió motetes que se aproximaban a la complejidad del Ars nova, así como canciones (chansons) en un nuevo estilo de mayor claridad. El compositor de canciones más destacado de la primera mitad del siglo XV fue Gilles Binchois. La influencia de los compositores borgoñones declinó a mediados del siglo XV. Desde 1450 hasta 1550 los cargos musicales más importantes en Europa fueron cubiertos por compositores nacidos en los territorios de Bélgica, Holanda y las zonas fronterizas francesas, por lo que reciben la denominación de franco-flamencos. Estos músicos solían preferir un sonido homogéneo, en el que todas las voces se combinan en una textura sencilla. La textura predominante fue la contrapuntística, que asignaba igual importancia a todas las voces. Esta técnica contrastaba con el sonido típicamente borgoñón, en el que cada parte tenía su propio color (por ejemplo, una voz solista acompañada por dos instrumentos diferentes) y en el que una sola voz predominaba sobre las otras. Los compositores franco-flamencos continuaron la tradición de componer chansons, motetes y misas. Este último género no experimentó el mismo cambio que se había producido con los músicos borgoñones, aunque se compusieron excelentes piezas a finales del siglo XV y durante el XVI. Las técnicas básicas para unificar todas las partes de la misa se habían extendido a todos los compositores, y los textos, que no variaban, propiciaban menos posibilidades de variación expresiva. Por estos motivos el motete se convirtió en el vehículo de la experimentación. Los textos, extraídos de cualquier parte de la Biblia o de otras fuentes, evocaban muchas ideas musicales. Las chansons del siglo XVI se alejaban del sencillo atractivo de las canciones amorosas borgoñonas. En aquéllas se tendía a la elaboración contrapuntística o a reflejar ingeniosas alusiones al canto de los pájaros o a los gritos de los vendedores ambulantes. Las chansons de los músicos parisinos Claudin de Sermisy y Clément Janequin ejemplifican este último estilo. Johannes Ockeghem, Jakob Obrecht, Josquin des Prez y Orlando di Lasso fueron los compositores franco-flamencos más destacados. Entre los músicos italianos más importantes del renacimiento tardío está Giovanni Pierluigi da Palestrina. Su música simboliza el sereno fluir de la polifonía coral, que fue el principal ideal del estilo renacentista. Otros compositores destacados de esa época fueron el organista y compositor inglés William Byrd y el español Tomás Luis de Victoria, que junto con Cristóbal de Morales, Francisco Guerrero, Pedro Mateo Flecha y Juan Bautista Comes son los autores más destacados de la escuela española. Por su parte, el poeta y dramaturgo Juan del Encina introdujo el canto y el baile en sus comedias. Las nuevas técnicas para la impresión musical fueron un factor fundamental para el crecimiento de este arte. La primera iniciativa se produjo hacia 1500 en el taller del impresor veneciano Ottaviano dei Petrucci. Sus técnicas pronto se extendieron a Amberes, Nuremberg, París y Roma.
A finales del siglo XVI, cuando predominaba la polifonía renacentista, en Italia se gestaba un cambio en el sonido y en la estructura musical. Muchos compositores de esta nacionalidad, con el deseo de alejarse del estilo polifónico franco-flamenco, deseaban reproducir la música de la Grecia clásica. Para ello compusieron en un estilo menos complejo en cuanto al contrapunto, con frecuentes contrastes emotivos, texto comprensible y una división clara entre el acompañamiento y la melodía, más elaborada y adornada. Este estilo se conoce como monodia acompañada. Estos elementos destacan en la ópera, género que aparece con la camerata fiorentina o di Bardi en Florencia a finales del siglo XVI y es perfeccionado por Claudio Monteverdi. Otros géneros nuevos en la música vocal son la cantata y el oratorio. La música instrumental también aumenta su importancia durante el siglo XVII, frecuentemente en la forma de obras contrapuntísticas sin divisiones claras en secciones o movimientos. Recibieron nombres como ricercare,fantasía y fancy. Un segundo tipo de composición se hacía con secciones contrastantes, normalmente con texturas homofónicas y contrapuntísticas. Recibió los nombres de canzona o sonata. Muchas piezas instrumentales se basaban en una melodía preexistente o en un bajo. Aquí se incluyen el pasacalles (pasacaglia), la chacona y el preludio coral. Las obras con ritmo de danza se agrupan en las suites. Por último, los compositores realizaron obras en estilo improvisatorio para los instrumentos de teclado: preludios, toccatas y fantasías. Con el nacimiento de nuevos géneros en el siglo XVII se transformaron algunos de los conceptos básicos de la estructura musical, en especial en Italia. En lugar de escribir piezas en las que todas las voces, desde la soprano al bajo, participaran por igual en la música, los compositores concentraron en estas dos voces el mayor interés y rellenaron el espacio musical restante con acordes. La colocación exacta de las notas del acorde era menos importante, por lo que solía dejarse a la improvisación del intérprete que tocaba el instrumento de teclado. El término bajo continuo hace referencia a la línea del bajo con relleno armónico. Así se forma una textura característica de la música de este periodo. Otra importante innovación de esta época cambió el estilo fluido de la música del renacimiento tardío por otro marcado por numerosos elementos contrastantes conocido como estilo concertante. El contraste se produce en muchos niveles musicales: instrumental, de densidad del sonido, con, por ejemplo, un instrumento solista opuesto a un grupo, contrastando velocidades y grados de intensidades sonoras. Este efecto se utilizaba para rivalizar o alternar con otros rasgos y producía un estilo musical agitado y violento que fue aplicado tanto a la música vocal como a la instrumental y a todos los géneros y formas. Los compositores italianos más destacados de los siglos XVII y comienzos del XVIII fueron Arcangelo Corelli, Alessandro Scarlatti, Domenico Scarlatti y Antonio Vivaldi. Entre los alemanes destacan Dietrich Buxtehude y Heinrich Schütz. En Inglaterra sobresale la figura de Henry Purcell, mientras que en Francia destacan Jean Philippe Rameau y el italiano Jean Baptiste Lully. A finales del siglo XVII, el sistema de relación armónica llamado tonalidad comenzó a dominar la música. Este avance hizo que la música tendiera a producir relaciones a largo plazo que ayudaban a suavizar algunos de los acusados contrastes propios del estilo barroco primitivo. A comienzos del siglo XVIII, los compositores habían conseguido controlar satisfactoriamente las complejas fuerzas de la tonalidad. En esta época habían abandonado la idea de frecuentes cambios de humor y tendían hacia la moderación y la unidad. A menudo toda una obra o movimiento era la elaboración de un estado emocional llamado afecto. El control sobre la tonalidad y el énfasis en el estado de ánimo fueron los principales responsables del sentimiento de seguridad y destino ineludible en la música de este tiempo, incluyendo la de los dos grandes compositores alemanes del último barroco: Johann Sebastian Bach y Georg Friedrich Händel. Resulta interesante destacar por último el fenómeno sorprendente, y acaso mal conocido, del barroco musical latinoamericano, con la figura del italiano Domenico Zipoli y los centros vinculados a las reducciones jesuíticas e interesantes músicos en México, Brasil, Venezuela y Cuba.
Hacia 1720 comienza a desarrollarse un nuevo estilo que desbancará al dominante hasta ese momento. Los músicos más jóvenes consideraban el contrapunto barroco demasiado rígido e intelectual; preferían una expresión musical más espontánea. Además, el ideal del barroco tardío de establecer un único estado de ánimo y su mantenimiento durante toda la obra constreñía a estos jóvenes compositores. La reacción contra el estilo barroco adoptó formas diferentes en Francia, Alemania e Italia. En Francia la nueva corriente, llamada rococó o estilo galante, está representada por el compositor François Couperin. En él se destacaba la textura homofónica, esto es, una melodía acompañada con acordes. Esta melodía se ornamentaba con adornos como el trino. En vez del discurrir ininterrumpido de la música, como en la fuga barroca, los compositores franceses escribieron obras que combinaban frases separadas, como la música para la danza. La composición típica era corta y programática, simbolizaba imágenes extramusicales, como las de pájaros o molinos de viento. El clavicémbalo era el instrumento más popular y se escribieron numerosas suites para él. En el norte de Alemania el estilo anterior al clasicismo se llamó empfindsamer Stil (en alemán, ‘estilo sentimental’). Éste abarca un campo más amplio de contrastes emocionales que el estilo galante, que tendía a ser sólo elegante o agradable. Los compositores alemanes escribieron, por lo general, obras más largas que los franceses y utilizaron varias técnicas puramente musicales para darles unidad. No confiaron en referencias extramusicales como hicieron los franceses. Por ello, los alemanes ocupan un importante lugar en el desarrollo de las formas abstractas, como la forma sonata, y en el de los grandes géneros instrumentales, como el concierto, la sonata y la sinfonía. En Italia el estilo anterior al clasicismo no tuvo un nombre especial, quizás porque no supuso una ruptura muy acusada con la música anterior. Los compositores transalpinos, sin embargo, contribuyeron en gran medida al desarrollo de los nuevos géneros, especialmente de la sinfonía. La obertura de la ópera italiana, llamada con frecuencia sinfonía, no tenía ninguna conexión temática con la obra a la que introducían. A veces se tocaban oberturas de ópera en conciertos e, incluso, obras que seguían la disposición de la obertura sin serlo de ninguna ópera. El esquema formal constaba de tres movimientos, el primero y el último rápidos, el intermedio lento. Dentro de cada movimiento la progresión de ideas musicales seguía un modelo que evolucionó hacia la forma sonata. Una vez que los compositores italianos fijaron la idea de escribir una sinfonía instrumental independiente, los alemanes tomaron la idea y la aplicaron con mucho ingenio. Los principales centros musicales de Alemania estaban en Berlín, Mannheim y Viena. Como resultado de las actividades de los músicos de estas latitudes surgieron diferentes géneros y formas musicales. Se empezó a distinguir entre música de cámara, en la que un instrumento tocaba cada parte, y música sinfónica, en la que cada parte era interpretada por varios instrumentos. Dentro de la música de cámara, los compositores distinguían entre varias agrupaciones instrumentales: cuarteto y trío de cuerda, y sonata para teclado con violín obbligato. Para orquesta se escribieron, además de sinfonías, conciertos para instrumentos solistas y orquesta. La sinfonía, la sonata y el concierto, así como el cuarteto de cuerda, siguieron el mismo perfil formal. Se dividían en tres o cuatro movimientos, uno o más de los cuales seguía la forma sonata. Ésta, surgida a mediados del siglo XVIII gracias al elaborado uso de la tonalidad, explotó el complejo tejido de relaciones armónicas entre notas separadas y acordes dentro de un tono y entre diferentes tonos. La forma sonata estaba basada en un movimiento que se aleja y se acerca a un tono principal. El apogeo de la música del siglo XVIII, conocido como estilo clásico o clasicismo, se produjo a finales del siglo con la música de un grupo de compositores que formaron la escuela de Viena. Los más importantes fueron Joseph Haydn, Wolfgang Amadeus Mozart y Ludwig van Beethoven. La ópera del siglo XVIII experimentó también muchos cambios. En Italia, donde había nacido, había perdido mucho de su carácter originario de drama con música. En lugar de esto, había llegado a ser un conjunto de arias escritas para el lucimiento de las habilidades de los cantantes. Varios compositores europeos reintrodujeron los interludios instrumentales y los acompañamientos como elementos importantes, utilizaron las intervenciones corales y dieron variedad a las formas y estilos de las arias. También trataron de combinar grupos de recitativos, arias, dúos, coros y secciones instrumentales dentro de las mismas escenas. El reformador más importante del género fue el músico bávaro Christoph Willibald Gluck. Sus óperas más influyentes fueron escritas en Viena y París entre 1764 y 1779. Con las obras de Mozart la ópera de este periodo alcanzó su grado más alto de perfección. En ellas tanto los aspectos vocales como los instrumentales contribuyen a delinear la caracterización de los personajes. En cuanto a España, en el siglo XVIII conviene recordar al valenciano Vicente Martín y Soler, en su día popular en toda Europa; una de sus obras mereció el honor de ser citada en la ópera Don Giovanni, de Mozart. Tampoco sería justo olvidar en el siglo XVIII español al padre Antonio Soler, autor de casi 80 sonatas para clave y, para muchos, el músico hispano más importante del siglo.
A comienzos del siglo XIX el estilo clásico vienés ejemplificado por Haydn, Mozart y Beethoven triunfó en toda Europa. Éste favorecía de tal forma la creación musical de la época que casi todos los compositores escribieron en alguna de sus variantes. Sin embargo, tendió también a convertirse sólo en una fórmula en manos de los compositores menos hábiles. En particular, por esta razón, los mejores músicos entre 1810 y 1820 comenzaron a componer en nuevas direcciones. Los compositores más innovadores pronto sintieron que era esencial coordinar todos los elementos en su música, así como mantener un esquema formal claro, pero comenzaron a valorar otros objetivos musicales. En vez de la moderación, apreciaron el carácter impulsivo y la originalidad. Escribían, por ejemplo, una progresión de acordes inusual, aunque ésta no tuviera correspondencia con la dirección armónica general de la obra. Del mismo modo, si el sonido de un instrumento concreto parecía especialmente atractivo durante el transcurso de una sinfonía, escribían un largo pasaje solista para él, aunque esto supusiera dilatar la forma de la sinfonía. Mediante éste y otros procedimientos los compositores del siglo XIX comenzaron a mostrar una visión romántica del arte musical opuesta a la clásica. Los objetivos estéticos del romanticismo se extendieron especialmente en Alemania y la Europa central. Las obras instrumentales de Franz Schubert y las obras para piano y ópera de Carl Maria von Weber fueron una temprana manifestación de este desarrollo estilístico. Los compositores románticos se inspiraron a menudo en fuentes literarias y pictóricas. Cultivaron por ello la música programática (música que expresa alguna idea extramusical en lugar de seguir un plan formal exclusivamente musical), en especial con el poema sinfónico. El francés Hector Berlioz y el húngaro Franz Liszt destacaron en este género. La poesía de los siglos XVIII y XIX formó la base del arte de la canción, en el que el compositor retrata con música las representaciones y caracteres de los textos. Franz Schubert, Robert Schumann, Johannes Brahms, Hugo Wolf y, a finales del siglo, Richard Strauss, fueron los más destacados compositores de canciones alemanas (género conocido como Lied). El género más representativo del siglo XIX fue la ópera. En ella todas las artes se combinan para producir grandes espectáculos, situaciones con fuerte carga emocional y escenas con grandes posibilidades para el canto virtuosístico. En Francia, Gasparo Spontini y Giacomo Meyerbeer configuraron el estilo llamado grand opéra. Otro francés, Jacques Offenbach, desarrolló la ópera cómica, llamada opéra bouffe. También cabe destacar a Charles Gounod y Georges Bizet dentro de la ópera gala. En Italia, Gioacchino Rossini, Gaetano Donizetti y Vincenzo Bellini continuaron la tradición del bel canto. Durante la segunda mitad del siglo, Giuseppe Verdi moderó la preeminencia del bel canto para hacer hincapié en los valores dramáticos propios de las relaciones humanas. Giacomo Puccini retrató el amor y las emociones violentas. En Alemania, Richard Wagner creó un estilo operístico llamado drama musical en el que todos los aspectos de la obra contribuyen al propósito dramático o filosófico central. A diferencia de Verdi, que se basa en los valores humanos, Wagner se interesó más por lo legendario y mitológico, así como por conceptos como el de redención. Su estilo se caracteriza por la utilización de cortos fragmentos melódicos y armónicos llamados leitmotivs para representar a ciertos personajes, objetos o conceptos. Estos fragmentos se repiten vocal e instrumentalmente siempre que los elementos representados aparecen en la acción o en el pensamiento de los personajes. Durante el siglo XIX la tradición de música abstracta, sin referencia a ningún objeto o idea concretas (música pura), se mantuvo en la música instrumental. Schubert, Schumann, Brahms, Felix Mendelssohn y Anton Bruckner destacaron en este sentido. El compositor ruso Piotr Ilich Chaikovski escribió música sinfónica y de cámara, óperas y música programática. Frédéric Chopin creó música pianística sin programa, pero con libre configuración formal. En todos los géneros musicales se valora mucho la unidad de expresión. Esto dio lugar no solamente a gran variedad de estilos de composición, sino también al encumbramiento de los instrumentistas virtuosos y de los directores. Dos de los más conocidos fueron Liszt y el violinista italiano Niccolò Paganini. El director y compositor Gustav Mahler escribió sinfonías que incorporan referencias a su propia vida. A finales del siglo el estilo romántico había modificado el lenguaje musical en varios sentidos. El gusto por progresiones armónicas extrañas había provocado la desintegración de la tonalidad. Los compositores, sobre todo Wagner, aumentaron el uso del cromatismo, estilo armónico con una alta proporción de notas fuera del tono principal. Los rasgos idiomáticos de la música folclórica se difundieron, especialmente entre los compositores rusos, checos, noruegos y españoles. Entre ellos destacan los rusos Mijaíl Glinka, Modest Músorgski y Nikolái Rimski-Kórsakov, los checos Antonín Dvorák y Bedrich Smetana y el noruego Edvard Grieg. Entre los compositores posteriores que utilizaron elementos de la música popular podemos incluir al danés Carl Nielsen, el finés Jean Sibelius y al español Manuel de Falla. En el caso de Falla, sus compatriotas Isaac Albéniz, Enrique Granados y Joaquín Turina trataron de crear una escuela nacional de música española. Con esto continuaron una línea de trabajo iniciada por Felipe Pedrell. Los recursos adoptados de la música folclórica, junto con otros descubiertos al comienzo del siglo XX, reintrodujeron en la música antiguos conceptos armónicos y rítmicos. El mismo efecto resultó de la investigación sistemática de la historia de la música iniciada a principios del siglo XIX. Con la desintegración de la tonalidad, la unidad de una obra dependía en menor medida del movimiento armónico y más del aumento y la disminución de la intensidad y densidad del sonido. El uso del color del sonido como elemento estructural en la música fue una de las características del impresionismo francés representado por Claude Debussy y Maurice Ravel. Otros compositores galos trabajaron en un estilo más satírico, como, por ejemplo, Erik Satie y Francis Poulenc.
En el siglo XX se ha acentuado la tendencia a encumbrar la individualidad y la expresión personal que aparece en el romanticismo. Esto es resultado, en parte, de ciertas características de este siglo. La radio y la aparición de la fonografía han transportado la música de un extremo del mundo a otro. La velocidad de las comunicaciones hace posible que los oyentes puedan juzgar las novedades más rápidamente que nunca. El resultado de todo esto es que se valora más que nunca la originalidad y que la diversidad y el cambio rápido se han convertido en un rasgo distintivo de la música del siglo XX. Varios estilos que han desempeñado un importante papel durante el siglo tienen nombres que se refieren a sus características armónicas. El cromatismo ha continuado siendo fundamental en la armonía de este siglo. En la primera década, sobre todo como consecuencia del extremado cromatismo, algunos compositores escribieron piezas atonales, es decir, con total ausencia de tonalidad central. El músico atonal más importante de esta época fue el austriaco Arnold Schönberg. A comienzos de la década de 1920, Schönberg ideó el sistema dodecafónico, por el cual, los doce sonidos en que se divide la escala tonal se colocaban en serie según un orden escogido por el compositor. Éste sólo podía utilizar esa serie o unas determinadas variaciones de la misma. Varios sonidos sucesivos pueden combinarse en acordes para evitar la repetición estricta de la serie como línea melódica. Schönberg pretendía impedir la vuelta a los modelos tonales con el fin de organizar grandes espacios de música atonal con una metodología sistematizada. Al principio fueron sus alumnos Alban Berg y Anton von Webern los únicos que adoptaron su técnica. Sin embargo, después de treinta o cuarenta años desde su aparición, la mayoría de los compositores del siglo XX han utilizado este sistema. Otros estilos armónicos son la politonalidad o uso simultáneo de más de una tonalidad en una obra, y la modalidad o uso de modos y escalas del renacimiento y anteriores. El compositor húngaro Béla Bartók basó mucho de su estilo armónico en los modos de la antigua música popular húngara. La música microtonal, representada por el escritor checo Alois Hába, se basa también en una concepción armónica. En ésta, la octava se divide en más de los doce sonidos normales. Esto significa que algunas notas, llamadas microtonos, suenan un poco más agudos o graves cuando se comparan con los sonidos de la escala normal. Experimentos de este tipo son frecuentes en varias latitudes e incluyen en Latinoamérica el ejemplo del mexicano Julián Carrillo. El neoclasicismo, aparecido en la década de 1920, es un estilo amplio que incluye novedades en ámbitos distintos del armónico. Supone un retorno a la concepción clásica según la cual todos los elementos en una composición deben contribuir a la claridad de la estructura formal. El neoclasicismo incluyó el uso de un sentido diferente de la tonalidad, por lo general avivado con la aplicación generosa del cromatismo y de las formas del barroco y del clasicismo. Los músicos más destacados de esta tendencia fueron Ígor Stravinski, Paul Hindemith, Serguéi Prokófiev y Dmitri Shostakóvich. A comienzos de 1948 el ingeniero francés Pierre Schaeffer y algunos compositores de París comenzaron a grabar sonidos de la calle para combinarlos. Al resultado lo llamaron música concreta, porque contenía ruidos de la vida diaria y sonidos abstractos y artificiales producidos por instrumentos musicales. La música concreta marcó el comienzo de la música electrónica. En ella, los equipos electrónicos, incluyendo los ordenadores o computadoras, se utilizan como generadores de sonidos para modificarlos y para combinarlos. A finales de la década de 1960 numerosos estudios en todo el mundo habían sido dotados de equipos electrónicos para uso de los compositores. Otras dos innovaciones de la música del siglo XX son el serialismo y la música aleatoria. El serialismo se basa en el sistema dodecafónico. Se establece un orden para la sucesión de las diferentes figuras y para los niveles de intensidad sonora, por ejemplo, así como para las notas. Todas estas series se repiten durante el transcurso de una obra. La técnica se ha llamado también serialismo integral para distinguirla del serialismo limitado del dodecafonismo. Entre los compositores que utilizaron este sistema destacan Olivier Messiaen y su alumno Pierre Boulez, Karlheinz Stockhausen, Ernst Krenek y Milton Babbitt. En la composición de música aleatoria el azar puede adoptar diferentes formas. Por ejemplo, ciertas decisiones sonoras pueden tomarse según el resultado de los dados o de las cartas, o bien componer varias páginas de música y dejar al intérprete elegir cuáles interpretar y en qué orden. Asimismo, en vez de utilizar la notación tradicional, el compositor realizaría un dibujo y el intérprete sería el encargado de idear combinaciones de sonidos que se ajustaran a dichos trazos (es lo que se conoce como música gráfica). Entre los músicos que han utilizado este tipo de procedimientos cabe citar a los estadounidenses John Cage y Earle Brown, al argentino Alberto Ginastera y al griego Iannis Xenakis. La mayoría de los compositores de la segunda mitad del siglo XX han compuesto partituras con los sistemas seriales, electrónicos y aleatorios. La ópera ha conservado el mismo atractivo que en siglos anteriores, de tal forma que casi todos los compositores han escrito al menos una. Entre los que han obtenido más éxito destacan Richard Strauss, Hans Werner Henze, George Gershwin y Benjamin Britten. La música de ballet, anteriormente menospreciada por la mayoría de los grandes compositores, a excepción de Chaikovski, comenzó a adquirir cierto atractivo para algunos creadores, especialmente Prokófiev, Bartók, Ravel y Stravinski. En España, además de los ya citados compositores nacionalistas, sobresalen Rodolfo y Cristóbal Halffter, Frederic Mompou, Xavier Montsalvatge, Ramón Barce, Juan Hidalgo y Luis de Pablo. También ha alcanzado gran popularidad Joaquín Rodrigo, autor del famoso Concierto de Aranjuez. En Argentina destacan Alberto Williams, Julián Aguirre, Roberto Caamaño y Mauricio Kagel. En México los compositores más sobresalientes del siglo XX son Carlos Chávez, Silvestre Revueltas y Julián Carrillo. Otras figuras destacadas del panorama latinoamericano son los chilenos Domingo Santa Cruz Wilson, Enrique Soro y Pedro Humberto Allende; los venezolanos Ángel Sauce, Juan Bautista Plaza, Antonio Estévez y Juan Carlos Núñez; el colombiano Guillermo Uribe Holguín y el uruguayo Abel Carlevaro. Aunque la música en el siglo XX parece abarcar una desconcertante variedad de procedimientos y enfoques, desde 1950 ha surgido un rasgo común en las obras más vanguardistas: el énfasis en los sonidos, sus cualidades, texturas, densidades y duraciones. Por primera vez en la historia de la música occidental este elemento ha comenzado a destacar sobre todos los demás, incluyendo la melodía, ausente hoy, y la armonía, que puede ser tratada como un componente más en una serie de sonidos complejos.
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