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Esquema
Ludwig van Beethoven compuso 9 sinfonías en las que la forma sinfónica alcanza su perfección y transmite una amplia gama de matices expresivos y emocionales. Esta posibilidad se presenta en un importante grado en las dos primeras sinfonías de Beethoven, pero llega a ser especialmente significativa en su Tercera sinfonía en si bemol mayor (1805), conocida como Sinfonía Heroica, que consta de un extenso primer movimiento lleno de energía creativa, un profundo movimiento lento con forma de marcha fúnebre, un scherzo exaltado y un finale en forma de tema con variaciones. En la Quinta sinfonía en do menor (1808) Beethoven introdujo un motivo rítmico y melódico de cuatro notas que unifica las diferentes secciones contrastantes de la obra. La Sexta sinfonía en fa mayor (1808), conocida como Pastoral, describe las emociones que se despiertan en el compositor al recordar escenas campestres. En ella utiliza algunas de las técnicas de lo que será la música programática, contando una historia sencilla e imitando el canto de los pájaros y los truenos. La Novena sinfonía en re menor (1824), considerada una de las más importantes obras del compositor, finaliza con un movimiento coral basado en el poema An die Freude (Oda a la alegría) del poeta alemán Friedrich von Schiller.
El nacimiento del romanticismo musical trajo dos tendencias opuestas en la composición sinfónica: la incorporación de elementos de la música programática y la confluencia de ideales de la forma clásica, con melodías y armonías típicas del siglo XIX. Representando la primera tendencia aparecen el compositor francés Hector Berlioz y el húngaro Franz Liszt. Sus sinfonías tienen programas escritos y comparten elementos del llamado poema sinfónico. El austriaco Franz Schubert, en cambio, fue esencialmente clásico en su acercamiento a la música sinfónica. Sus melodías y armonías son románticas sin paliativos. Sus sinfonías más famosas son la Incompleta (nº 8, 1822) y la Grande (nº 9, 1828). Las composiciones de los alemanes Felix Mendelssohn y Robert Schumann despliegan la rica armonía característica del romanticismo. Las sinfonías más famosas de Mendelssohn —la Escocesa (nº 3, 1842), Italiana (nº 4, 1833) y La Reforma (nº 5, 1841)— contienen elementos de la música programática que están sugeridos en sus títulos. Las sinfonías de Schumann, incluyen la llamada Primavera (nº 1, 1841) y la Renana (nº 3, 1850), tienen una mayor libertad estructural y abundante sentido melódico. La síntesis más conseguida entre la sinfonía clásica y el estilo romántico la encontramos en las 4 sinfonías de Johannes Brahms. El compositor ruso Piotr Ilich Chaikovski escribió 6 sinfonías, de espíritu programático, que combinan una intensa emotividad con rasgos del folclore ruso, especialmente en las tres últimas, con un desarrollo musical bien planteado. Los austriacos Anton Bruckner y Gustav Mahler fueron influidos en gran medida por los dramas musicales del alemán Richard Wagner. En sus 9 sinfonías Bruckner utiliza voluminosas sonoridades con toda la orquesta. Consigue dar unidad gracias a la constante repetición de motivos rítmicos y melódicos. Mahler amplió la extensión de la sinfonía y alteró frecuentemente su forma con largos pasajes vocales. Las dos sinfonías de Edward Elgar (1908 y 1911) resumen su particular tardorromanticismo sintetizando las influencias de Brahms y de Wagner. Una enorme energía se complementa con grandeza y nostálgico sentimiento por una época que finaliza. Antonín Dvorák, compositor checo, destaca por su destreza en el uso de temas populares, como en la Sinfonía del nuevo mundo (nº 9, 1893). Otras obras destacadas son las de los compositores franceses Vincent d’Indy y Camille Saint-Saëns, y las de los rusos Alexandr Borodín y Nicolái Rimski-Kórsakov. La Sinfonía en re menor del músico franco-belga César Franck ejemplifica la tendencia a la estructura cíclica en el siglo XIX: la conexión de diferentes movimientos por medio de motivos o temas recurrentes.
Durante el siglo XX varios compositores, como el estadounidense Charles Ives y el danés Carl Nielsen, acogieron la forma sinfónica con una visión personal e innovadora. El finés Jean Sibelius infundió nuevo vigor a la sinfonía moviéndose en sentido opuesto al de Mahler al comprimir el material temático y su desarrollo del mismo, cambiar la estructura de cuatro movimientos en tres en su Quinta sinfonía (1919) y excepcionalmente en un único movimiento en la Séptima sinfonía (1924). El inglés Ralph Vaughan Williams continuó en sus 9 sinfonías la tradición de Dvorak al emplear un estilo nacional característico, derivado del lenguaje de la música folclórica, particularmente en la Sinfonía pastoral (nº 3, 1921) y en la Quinta sinfonía (1943). Otros, seguidores del ideario del neoclasicismo, adaptaron la forma para incluirla en las tendencias del siglo XX en armonía, ritmo y textura. Destacan la Sinfonía clásica (nº 1, 1916-1917) del ruso Serguéi Prokófiev y las del también ruso Ígor Stravinski, así como las de los estadounidenses Aaron Copland, Roy Harris, Walter Piston y Roger Sessions. El impresionismo sinfónico está representado por las cuatro sinfonías del francés Albert Roussel. El austriaco Anton von Webern utilizó el sistema dodecafónico para componer la breve Sinfonía opus 21 (1928) que dura unos 11 minutos. Como la Kammersynphonie (Sinfonía de cámara) de su compatriota Arnold Schönberg, estas obras ilustran la tendencias de este siglo hacia la concisión y la economía formal y de medios. Las obras del ruso Serguéi Rajmáninov son formalmente románticas y tradicionales. Las del soviético Dmitri Shostakóvich son más densas y, en ocasiones, programáticas, con lo que se continúa la tradición de Mahler de hacer de la sinfonía una expresión de la íntima agitación psicológica del compositor. En el periodo de posguerra muchos compositores han visto en este género, como en épocas anteriores, un vehículo para la expresión de sus más sentimientos y creencias, aunque las líneas generales de la forma sinfónica que han utilizado sean tan variadas como las que hubo a comienzos del siglo XVIII. Cada una de las 4 sinfonías de Michael Tippett (1945, 1958, 1972 y 1977) reflejan un periodo diferente de su evolución estilística a lo largo de líneas estructurales bastante tradicionales, mientras que la Sinfonía Turangalîla (1948) de Olivier Messiaen es una gran suite en diez movimientos que giran alrededor de unos pocos temas centrales. Peter Maxwell Davies, después de componer obras innovadoras en la década de 1960, volvió a la sinfonía a mediados de la década siguiente. Ha escrito 5 hasta el momento. En ellas se encuentra, entre otros rasgos, la influencia de Sibelius. La idea de la sinfonía continúa inspirando a los compositores, aunque sus formas cambian continuamente.
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