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Arqueología

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Introducción

Arqueología (del griego archaios, ‘viejo’ o ‘antiguo’, y logos, ‘ciencia’), disciplina que se dedica al estudio de viejas o antiguas culturas humanas. La mayoría de los arqueólogos del pasado, que retrotrajeron el origen de su disciplina a los estudios de los anticuarios, definieron la arqueología como el “estudio sistemático de los restos materiales de la vida humana ya desaparecida” otros arqueólogos enfatizaron los aspectos conductistas y definieron la arqueología como “la reconstrucción de la vida de los pueblos antiguos”. En algunos países, especialmente en Estados Unidos, la arqueología ha estado considerada siempre como una subdisciplina de la antropología; mientras que ésta se centraba en el estudio de las culturas humanas, la arqueología se dedicaba al estudio de las manifestaciones materiales de dichas culturas. De este modo, en tanto que las antiguas generaciones de arqueólogos estudiaban un antiguo útil de cerámica como un elemento cronológico que ayudaría a datar la cultura que era objeto de estudio, o simplemente como un objeto con un cierto valor estético, los antropólogos verían el mismo objeto como un instrumento que les serviría para comprender el pensamiento, los valores y la cultura de quien lo fabricó.

La investigación arqueológica ha estado vinculada fundamentalmente a la edad de piedra y a la antigüedad; sin embargo, durante las últimas décadas la metodología arqueológica se ha aplicado a etapas más recientes, como la edad media o el periodo industrial iniciado a finales del siglo XVIII y principios del XIX. En la actualidad, los arqueólogos dedican ocasionalmente su atención a materiales actuales, investigan residuos y vertederos urbanos, con lo que está naciendo la denominada arqueología industrial.

La moderna arqueología entra en relación con otras disciplinas científicas; así, los arqueólogos, para establecer la cronología, suelen utilizar métodos de datación desarrollados por otras ciencias: el sistema del carbono 14 (radiocarbono) fue desarrollado por los físicos nucleares, las técnicas de datación geológica se deben a los geólogos y las técnicas de estudio de los restos de fauna son obra de los paleontólogos. Además, para reconstruir antiguas formas de vida, los arqueólogos se sirven de procedimientos utilizados por la sociología, la demografía, la geografía, la economía o las ciencias políticas.

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Historia

La historia de la arqueología puede dividirse en seis grandes periodos. Durante el primero, que se inicia en el renacimiento y acaba en el siglo XVIII, los anticuarios coleccionaban obras de arte y otros objetos, y se establecían postulados poco científicos sobre su significado, aunque se asumió que los antiguos útiles de piedra eran obra del hombre. Tres hechos acaecidos en torno a 1800 marcaron el inicio de una nueva etapa: John Frere descubrió una serie de hachas paleolíticas (más tarde reconocidas como propias del periodo achelense) en una cantera de Sufolk, en un depósito intacto que contenía huesos pertenecientes a animales de gran tamaño ya extinguidos, lo que le permitió atribuir a esos útiles una cronología muy antigua. En 1807 se fundó el Museo Nacional de Dinamarca y sus piezas fueron clasificadas por Christian Thomsen, que estableció la clásica división de la prehistoria en tres periodos: edad de piedra, edad del bronce y edad del hierro. Más tarde, el erudito francés Jacques Boucher de Crèvecoeur de Perthes halló y estudió entre las décadas de 1840 y 1850 útiles antiguos de piedra, asociados con total certeza a restos de animales extinguidos, en los depósitos de grava del valle francés del Somme; su investigación condujo finalmente a la aceptación de la existencia de las culturas primitivas.

Todos estos estudios estaban basados en el trabajo de geólogos de finales del siglo XVIII y principios del XIX, como Charles Lyell, que había liberado a los estudios geológicos de los límites de una cronología bíblica que confinaba a la historia en un periodo de 6.000 años, iniciado con la creación divina en el 4004 a.C. Casi de forma simultánea, el desciframiento de la inscripción jeroglífica en la piedra de Rosetta, logrado por el egiptólogo francés Jean François Champollion, y de la escritura cuneiforme persa en la trilingüe inscripción de Behistún por el profesor británico Henry Creswicke Rawlinson, posibilitaron el estudio de las culturas bíblicas y las situaron sobre una base histórica sólida.

Hacia 1859 comenzó una nueva fase, cuando Charles Darwin y Alfred Russell Wallace publicaron sus teorías sobre la evolución orgánica, con sus obvias implicaciones para la evolución cultural. Con el paso del tiempo, los estudios iniciados en Francia desembocarían en la clasificación del paleolítico efectuada por el investigador Gabriel de Mortillet. Al mismo tiempo se llevaron a cabo excavaciones en el Oriente Próximo y en las regiones características del mundo clásico; la más famosa de éstas fue la excavación de Heinrich Schliemann en Troya, descubrimiento tras el que los arqueólogos estadounidenses iniciaron investigaciones en la Grecia continental, los franceses en Delfos y los británicos en Creta y Egipto. Como resultado de las investigaciones en Europa (trabajos en el norte de Italia y Suiza sobre asentamientos lacustres, excavaciones y análisis daneses en la zona del Báltico así como los realizados por Augustus Pitt-Rivers de túmulos, poblados y fortalezas en Gran Bretaña) se desarrollaron importantes técnicas y métodos arqueológicos. Los arqueólogos comenzaron a trabajar en América, intentando unos determinar el origen de los constructores de túmulos, mientras que otros buscaban testimonios del paleolítico en el Nuevo Mundo.

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Nuevas tendencias y grandes descubrimientos

Los primeros años del siglo XX vieron el nacimiento y el desarrollo de meticulosos estudios estratigráficos, además de métodos adecuados de excavación y trabajo de campo. Los pioneros fueron William Matthew Flinders Petrie en Egipto, Robert Koldewey en Babilonia y Pitt-Rivers en Gran Bretaña. Estas técnicas se llevaron al Nuevo Mundo desde Europa, en particular por el arqueólogo de origen alemán Max Uhle, que llevó a cabo excavaciones estratigráficas en yacimientos de grupos concheros californianos y en Perú, donde estableció la primera cronología regional.

Durante el periodo de entreguerras (1919-1939), se realizaron grandes proyectos en el Mediterráneo oriental y en el Oriente Próximo. Leonard Woolley realizó excavaciones en Ur, sir Arthur Evans en Cnosos, James Breasted en Meguido, Howard Carter en Egipto y Claude Schaeffer en Ugarit; algunas de estas excavaciones sacaron a la luz impresionantes restos. Por lo que respecta a la arqueología en el mundo clásico (Grecia y Roma), la primera actuación destacada quizá sea la excavación del ágora de Atenas, realizada por un equipo estadounidense. Al mismo tiempo se produjeron desarrollos cruciales en la metodología para recuperar información sobre el pasado; así, se generalizó el uso de la fotografía aérea para descubrir y estudiar yacimientos, o la palinología para la datación de restos a través de la vegetación de la antigüedad.

Por último, poco después de acabada la II Guerra Mundial, la aparición del método de datación del radiocarbono (o carbono 14), desarrollado por el químico estadounidense Willard Frank Libby supuso una autentica revolución en el mundo de la arqueología puesto que, gracias al mismo, fue posible obtener fechas absolutas a partir de materias orgánicas y de este modo se pudo establecer un cuadro cronológico firme de la prehistoria.

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La nueva arqueología

La obra Estudio de la Arqueología (escrita en la década de 1940) del arqueólogo estadounidense Walter Taylor originó otra revolución, pero en este caso de diferente carácter; su autor expresaba el descontento que los antropólogos mostraban por la forma en que se desarrollaba la arqueología estadounidense, y proponía que la arqueología debería ir más allá de la mera clasificación y análisis de los objetos encontrados, para intentar conocer a la gente que los hizo; esta opinión arraigó en muchos jóvenes arqueólogos que intentaron investigar cómo y por qué se produjeron los cambios culturales, en vez de limitarse a describirlos y datarlos; éstos consideraban que la finalidad de la arqueología debía ser la formulación de las leyes del cambio cultural, lo que la convertiría además en una disciplina científica. En su opinión, la comprensión de los procesos de cambio cultural en una zona objeto de estudio arqueológico, proporcionaría unos principios básicos que podrían hacerse extensivos a otras áreas. El líder de este nuevo movimiento, Lewis R. Binford, trató este tema hacia 1960, dando inicio a la llamada ‘nueva arqueología’.

Sus características básicas son el uso explícito de la teoría evolucionista, la utilización de sofisticados conceptos culturales y ecológicos que en ocasiones requieren una aproximación interdisciplinar en el trabajo de campo y precisan de la informática para el análisis de los datos, y el uso de la teoría de sistemas. A pesar de que en las décadas de 1970 y 1980 ya se hizo evidente que la nueva arqueología había fracasado en su pretensión de convertir la arqueología en una ciencia generadora de leyes, no deben minimizarse las aportaciones que la década de 1960 hizo a esta disciplina, facilitando, en gran parte, la estructura de la arqueología actual.

En la década de 1970, arqueólogos europeos reconocieron que la cronología de la prehistoria establecida a partir del carbono 14 era incorrecta, debido a las imperfecciones del método. Se han propuesto otros sistemas cronológicos que han dado como resultado no sólo la datación de monumentos concretos sino además (según palabras del arqueólogo británico Colin Renfrew), “un nuevo enfoque del desarrollo cultural a lo largo de la prehistoria”. Anteriormente se consideraba que ciertos logros culturales, como el inicio de la metalurgia, habían sido irradiados desde un único punto de origen localizado en Oriente Próximo; en la actualidad se defiende la existencia de numerosos focos de irradiación cultural, dando lugar a la idea de que el hombre es mucho más innovador de lo que se creía en un principio.

Durante la década de 1980 y comienzos de la de 1990, los arqueólogos estadounidenses, australianos y neozelandeses han sido requeridos, de forma incesante, para que adapten sus estrategias de investigación a los deseos e intereses de los pueblos indígenas, que no sólo exigen la devolución de ciertos objetos y de restos humanos para volver a ser inhumados, sino también el respeto de sus valores culturales en las excavaciones que realizan. La adecuación de las estrategias científicas de investigación a la sensibilidad de las culturas tradicionales señala una nueva dirección en la actividad arqueológica y supone un desarrollo que apenas se contemplaba hace unas décadas, cuando se consideraba que la rígida objetividad científica dominaría en breve plazo la arqueología.

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