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Guerra de los Treinta AñosArtículo de la enciclopedia
Esquema
Introducción; Causas de la guerra; Fase palatino-bohemia (1618-1625); Fase danesa (1625-1629); Fase sueca (1630-1635); Fase francesa (1635-1648); Paz de Westfalia
Las victorias del emperador Fernando II durante la segunda fase de la guerra agudizaron el sentimiento francés contrario a la política exterior de los Habsburgo. Armand Jean du Plessis, cardenal de Richelieu y primer ministro del rey de Francia, Luis XIII, personificó esa actitud opuesta a la dinastía imperial. Debido a las periódicas crisis internas que sufría su país, el cardenal de Richelieu no pudo intervenir directamente en Alemania, pero se lo propuso al monarca sueco Gustavo II Adolfo, que era luterano y ya había recibido peticiones de los protestantes del norte alemán. Debido a esta circunstancia, así como a la promesa de apoyo francés y las ambiciones suecas de adquirir la hegemonía en la región báltica, Gustavo II Adolfo entró en el conflicto. En el verano de 1630 desembarcó con un ejército bien adiestrado en la costa de Pomerania, en el mar Báltico. Los dirigentes de este territorio, así como los de Brandeburgo y Sajonia, vacilaron sobre su participación en la campaña sueca, retrasando gravemente su inicio. Mientras tanto, el conde de Tilly, que había recibido el mando del ejército de Wallenstein, sitiaba la ciudad sajona de Magdeburgo, por entonces en plena insurrección contra el Sacro Imperio. Los ejércitos imperiales tomaron y saquearon Magdeburgo el 20 de mayo de 1631 y mataron a un elevado número de protestantes. Gran parte de la ciudad fue destruida por el fuego, que se extendió en tanto se producían la lucha y el pillaje. Durante el verano siguiente, el conde de Tilly fue rechazado por los suecos en tres ocasiones. En la última de estas batallas, que tuvo lugar el 17 de septiembre en Breitenfeld (hoy en día, un barrio de la ciudad alemana de Leipzig), Gustavo II Adolfo había contado con el apoyo de tropas sajonas, las cuales rompieron filas y huyeron en la primera carga, dejando al descubierto el flanco izquierdo del monarca sueco, lo que casi le costó la victoria, pero logró reagrupar sus fuerzas y derrotar a las tropas del conde de Tilly, capturando a 6.000 de sus hombres. Tras la batalla de Breitenfeld, las tropas suecas se trasladaron al sur de Alemania para pasar el invierno. La campaña de primavera se saldó con numerosas victorias de los ejércitos suecos, destacando la del río Lech (14 de abril de 1632), en la que el conde de Tilly fue herido de muerte, y la toma de la ciudad bávara de Munich. Tras este gran desastre, Fernando II volvió a llamar a Wallenstein para que tomara el mando de las fuerzas imperiales. Éste reclutó rápidamente un nuevo ejército de mercenarios e invadió Sajonia en el otoño de 1632. Las tropas suecas le siguieron y el 16 de noviembre atacaron a las fuerzas imperiales, que por entonces se encontraban atrincheradas en Lützen (cerca de Leipzig). La batalla que tuvo lugar a continuación costó la vida a Gustavo II Adolfo, pero al final el ejército de Wallenstein se vio obligado a retirarse. Bernardo, duque de Sajonia-Weimar (que sustituyó en el mando militar protestante al rey sueco en Lützen), invadió Baviera tras esta victoria, si bien a lo largo de 1633 Wallenstein llevó a cabo repetidos ataques contra las fortalezas suecas en Silesia. A finales de 1633, Wallenstein trató de convencer de la necesidad de obtener la paz a los círculos dirigentes de los ejércitos imperiales. Retirado del mando por el emperador Fernando II en enero de 1934, bajo sospecha de traición, Wallenstein continuó sus negociaciones de paz con los protestantes. Los intentos de poner fin a la guerra le granjearon la enemistad de sus propios oficiales y el 25 de febrero de ese año fue asesinado. Los ejércitos imperiales, al mando de Fernando de Austria, el Cardenal-Infante (hermano del rey español Felipe IV), asestaron el 6 de septiembre de 1634 una devastadora derrota al duque Bernardo y a sus aliados suecos, en la localidad bávara de Nördlingen. Consternados por esta catástrofe, los dirigentes de la coalición protestante abandonaron la lucha. La Paz de Praga, que en 1635 puso fin a la tercera fase de la guerra, hizo ciertas concesiones a los luteranos de Sajonia, modificando cuestiones básicas del Edicto de Restitución.
En su fase final, la guerra se convirtió en un conflicto entre los Habsburgo y Francia (que aún se encontraba bajo el liderazgo del cardenal de Richelieu) por la hegemonía en Europa occidental. Las cuestiones religiosas no tuvieron demasiada importancia en el último periodo bélico, que se inició en mayo de 1635, cuando Francia declaró la guerra a la España gobernada por el también miembro de la Casa de Habsburgo, Felipe IV, quien apoyaba de forma decidida al Emperador. Francia, que se había aliado con Suecia y con varios líderes protestantes alemanes (entre ellos el duque Bernardo), pudo superar rápidamente las graves dificultades que se presentaron durante la primera etapa de la lucha. Posteriormente, el general sueco Johan Gustafsson Banér derrotó a una fuerza católica de soldados sajones e imperiales en Wittstock el 4 de octubre de 1636, y amenazó la posición que ocupaban los Habsburgo en Alemania. A lo largo de ese año fueron rechazadas varias invasiones españolas en territorio francés. La situación de los Habsburgo en Alemania volvió a empeorar con la derrota asestada por el duque Bernardo en Rheinfelden, el 2 de marzo de 1638. Tras estos contratiempos, los ejércitos imperiales se vieron obligados a entregar numerosas fortalezas. Entre 1642 y 1645, el general sueco Lennart Torstensson logró diversas victorias: invadió Dinamarca, que se había aliado con el Sacro Imperio, y asoló gran parte de Austria y el oeste de Alemania. Por su parte, los franceses (a las órdenes de los generales Henri de La Tour d'Auvergne, vizconde de Turena, y del duque d’Enghien y futuro Luis II de Borbón, cuarto príncipe de Condé) también tuvieron éxito en la mayoría de sus empresas. El duque d’Enghien puso fin a la capacidad de la Monarquía Hispánica para presionar sobre las posesiones francesas al derrotar a un ejército español en la batalla de Rocroi (norte de Francia), el 19 de mayo de 1643. Durante el mes de noviembre de ese año, las tropas francesas sufrieron una gran derrota en Tuttlingen, pero esa fue la última victoria de los Habsburgo en la guerra. Los ejércitos combinados del duque d’Enghien y del vizconde de Turena vapulearon a un ejército bávaro en Friburgo de Brisgovia (región de la Selva Negra) en agosto de 1644, y el 3 de agosto de 1645 hicieron lo propio con un ejército formado por austriacos y bávaros, cerca de Nördlingen. Representantes del Sacro Imperio y de la coalición enfrentada a la Casa de Habsburgo iniciaron en 1645 las negociaciones de paz en las ciudades alemanas de Münster y Osnabrück, ambas enclavadas en la región de Westfalia, pero las conversaciones (que ante todo estaban motivadas por las penurias de la población, harta de las dificultades acarreadas por la contienda) fueron infructuosas durante un prolongado periodo de tiempo. Sin embargo, cuando Baviera central fue invadida, su duque Maximiliano I firmó, el 14 de marzo de 1647, la Tregua de Ulm con Suecia y Francia. A pesar de estos y otros reveses, el emperador Fernando III de Habsburgo (que en 1637 había sucedido a su padre, Fernando II) se negó a capitular. Los combates esporádicos prosiguieron en Alemania, Luxemburgo, los Países Bajos, Italia y España durante el resto de 1647. En otoño de ese año, el duque Maximiliano I volvió a la guerra al lado del Sacro Imperio, pero otro ejército formado por bávaros y austriacos fue vencido en mayo de 1648. Esta derrota, junto con el asedio sueco a la ciudad de Praga, el sitio franco-sueco de Munich y una importante victoria francesa obtenida el 20 de agosto en Lens (norte de Francia), obligaron a Fernando III, que también se enfrentaba a la amenaza de un posible ataque a Viena, a acceder a las condiciones de paz de los vencedores.
La Paz de Westfalia influyó sustancialmente en la historia posterior de Europa. El conjunto de pactos signados en la región alemana de Westfalia en 1648 estuvo formado por dos acuerdos que han pasado a ser conocidos cada uno de ellos bajo el nombre de Tratado de Münster, firmados respectivamente el 30 de enero y el 24 de octubre, así como un tercero que recibió su rubrica en la última fecha señalada y en la también ciudad westfaliana de Osnabrück. El primero de los pactos, que fue acordado entre la Monarquía Hispánica y las Provincias Unidas (los territorios de los Países Bajos independizados de España), puso fin al contencioso bélico conocido como guerra de los Países Bajos, insertado a su vez en el contexto general de la guerra de los Treinta Años. Por su parte, el segundo Tratado de Münster rubricó la paz entre Francia y el Sacro Imperio, el mismo día que los representantes imperiales firmaban en Osnabrück con sus hasta entonces rivales suecos y protestantes el acuerdo que completaba la llamada Paz de Westfalia. Además de convertir a Suiza y a las Provincias Unidas en estados independientes, todos estos tratados debilitaron gravemente al Sacro Imperio y a los Habsburgo, supusieron el surgimiento de Francia como principal potencia del continente europeo y retrasaron la unificación política de los estados alemanes. Las consecuencias económicas, sociales y culturales de la guerra de los Treinta Años fueron muchas, siendo los territorios alemanes las víctimas principales. Las estimaciones actuales sugieren que la población total del Sacro Imperio disminuyó entre un 15 y un 20%. Las zonas rurales, a diferencia de las ciudades fortificadas, fueron las que más sufrieron. Salvo en las ciudades portuarias, como Hamburgo y Bremen, la actividad económica decayó en todos los estados alemanes. La incertidumbre, el miedo, el caos y la brutalidad marcaron la vida diaria y permanecieron en la memoria colectiva alemana durante siglos. Aunque la Paz de Westfalia marcó el final de la guerra de los Treinta Años como conflicto europeo generalizado, el enfrentamiento entre Francia y España, iniciado en 1635 y agudizado desde 1640, año en que Francia alentó la rebelión de Cataluña contra la Monarquía Hispánica, no finalizó hasta 1659, cuando ambos países firmaron la Paz de los Pirineos.
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