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Cartel taurino

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Cartel taurino de 1885Cartel taurino de 1885

Cartel taurino, aviso mediante el cual se anuncia la celebración de una corrida de toros, la categoría y las características de la misma.

Hasta bien entrado el siglo XIX —aunque los carteles impresos nacieron, como se verá, mucho antes—, se mantuvo la costumbre medieval de comunicar tales acontecimientos mediante el pregón, que se pronunciaba en las calles y plazas públicas los días anteriores a su celebración, así como en el mismo recinto donde había de tener lugar, inmediatamente después de ser despejado.

El cartel más antiguo que se conoce lleva la fecha de los días 19 y 30 de septiembre de 1737 en la plaza del Soto de Luzón, Madrid. Es un pliego de papel blanco, de 42 x 31 cm, impreso y orlado.

Los primeros carteles anunciaban, generalmente, varias corridas, más o menos consecutivas, a llevar a cabo con el permiso de la autoridad pertinente —en Madrid, solía ser el Rey— y con la advertencia, que permanece vigente incluso hoy, “si el tiempo lo permitiere”. Añadían, en el orden de predilección de los espectadores de entonces, “los dueños de los toros”, los picadores y los toreros que habrían de intervenir.

Aparecen insertados en ellos, además, los primeros conatos de reglamentación del espectáculo, pues solían añadirse notas —en ocasiones de mucha mayor extensión que el anuncio de los participantes— que estipulaban qué había de ocurrir en el ruedo, en qué orden tenían que sucederse los acontecimientos y, lo que resulta más chocante para nuestro tiempo, qué debía hacer el público asistente durante la corrida y qué tenía prohibido hacer.

Los historiadores consideran que, aunque la Plaza de la Maestranza de Sevilla se ha adelantado en ocasiones a todas las demás en la presentación de innovaciones tipográficas (véase Técnicas de impresión) o plásticas, es únicamente a través de los realizados para las sucesivas plazas de Madrid como puede seguirse una evolución coherente de los distintos estilos artísticos.

Los cambios formales en los carteles que se redactaron durante todo el siglo XVIII y hasta casi mediado el XIX, afectaron a mejoras en la tipografía y, especialmente, a la introducción progresiva de las primeras viñetas o dibujos, que reproducen determinadas suertes. La primera de la que hay noticia es de 1840 y representa, cómo no, teniendo en cuenta que entonces encabezaban el escalafón del espectáculo, un picador picando a un toro.

En el breve plazo de una década aparecieron ya carteles coloreados y, muy pronto también, se reprodujeron los retratos de algunos de los diestros más populares: Lagartijo, Mazzantini, El Espartero y otros.

A principios del siglo XX los carteles se enriquecieron aún más con la aparición de ilustradores de primera fila —así Unceta y Perea, primero, y luego Porset, Bermejo, Alcaraz, Martí-Font, J. M. Gómez, el muy prolífico Ruano Llopis, Álvarez Carmena, García Campos y Saavedra— y la colaboración de artistas consagrados, que van incorporando las variantes plásticas que conciben en su pintura al cartel; así, por ejemplo paradigmático, Roberto Domingo, que se basta y sobra él solo para crear una auténtica nueva iconografía no sólo de la lidia, sino de cuantas actividades, camperas y urbanas, intervienen en el mundo de los toros.

Como curiosidades de algunos de los grandes nombres de las vanguardias históricas, cabe reseñar las ilustraciones de Pablo Picasso para algunos carteles de plazas del sur de Francia. También los que ha realizado el poeta y dibujante Rafael Alberti y, más recientemente, desde la implosión social que los toros conocen en Madrid, desde mediada la década de 1980, artistas contemporáneos como Miquel Barceló, Eduardo Arroyo o Sigfrido Martín-Begué.

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