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En este fragmento se traza un breve panorama de las primeras piezas de tango que se conservan en la memoria. Este estilo musical, originario de Argentina, nació y se desarrolló en el seno de las clases trabajadoras de la ciudad de Buenos Aires, pobladas por inmigrantes y todo tipo de personajes marginales, cuya vida queda reflejada en las letras de los tangos.
Queda dicho que resulta conjetural, si no imposible, registrar el nacimiento del tango en un documento preciso. No obstante, se guarda memoria de algunas piezas que, por su antigüedad, pueden considerarse los primeros tangos con identidad de tales.
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También en Encarta |
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Ya hemos aludido al Queco, pieza inicial que, para eterno bochorno de los porteños, se registró en la ciudad de Córdoba, que es lo opuesto a Buenos Aires: el centro geográfico del país, el tradicionalismo hispánico, la inmovilidad colonial. El musicólogo Carlos Vega recoge una habanera madrileña, el Tango de la casera, llegada a Buenos Aires hacia 1880 y rebautizada como Bartolo toca la flauta o Andate a la Recoleta. Un músico culto, Francisco Hargreaves —autor de la primera ópera argentina, La gata blanca— recopiló y publicó la pieza en 1900.
El turista podrá visitar la Recoleta, con sus vestigios coloniales y su rumboso cementerio, una de las joyas de la ciudad, todo ello curiosamente rodeado de restaurantes de lujo. En tiempos, la Recoleta era un punto suburbano de diversión, donde se celebraban verbenas (la romería de la Virgen del Pilar, cuya iglesia fue de los agustinos recoletos y dio nombre a la zona) a veces subidas de tono. En tanto por la Avenida Alvear se construían palacios de la buena sociedad, hacia la llamada Tierra del fuego se podían ver poblaciones de cirujas (vagabundos) y cuchilleros.
En el llamado Prado Español de la Avenida Quintana, siempre en dicho barrio, se admitió por primera vez que parejas de hombre y mujer bailaran tangos en público.
Otros títulos iniciales insisten en el tema prostibulario o tienen un tono sicalíptico o sexual bastante perceptible. Dame la lata, que es quizás el tango con melodía original más antiguo que se conoce, describe una escena de burdel: al entrar en el establecimiento, el cliente pagaba un precio y se le entregaba una suerte de moneda de hojalata como recibo. El rufián pedía, al fin del día, las latas que había recibido su protegida a cambio del trabajo consiguiente.
Partes del cuerpo relacionadas con el sexo aparecen en El choclo (que significa mazorca de maíz), El clavo y El serrucho, maneras populares de designar al falo, y en La budinera, ídem respecto al trasero. Taquerita es el diminutivo de taquera, la mujer pública que solía arrastrar los tacos o tacones de sus zapatos para llamar la atención, haciendo la calle. El fierrazo es el orgasmo (fierro es otra de las numerosas metonimias del miembro viril). Cuidado con los cincuenta, debido a Ángel Villoldo, alude a una ordenanza municipal que multaba con cincuenta pesos a quien se propasara con una mujer por la calle.
Estos títulos son de obvio contenido picaresco o pornográfico: Con qué trompieza que no dentra (dentra: entra), Dos veces sin sacarla, Embadurname la persiana, Colgate del aeroplano, No me pises la pollera, Aquí se... vacuna, Golpiá que te van a abrir, Seguila que va chumbiada, Bronca con la percanta, Sacudirme la persiana, Andá a bañarte, Sacámele el molde, Soy tremendo, Chiflada que va a venir, Qué rana para un charco, No empujés caramba, No arrugues que no hay quien planche.
(Pequeño nuevo glosario: pollera es falda; chiflar es silbar; chumbiar es herir con el chumbo, o sea con una bala: una mina chumbiada es como una paloma herida, fácil de alcanzar.)
En cuanto a las primitivas letrillas, las hay muy procaces y poco graciosas. Los hermanos Bates han recogido algunas, rigurosamente anónimas, en su Historia del tango, donde las puede examinar el curioso. Igualmente zafados son los títulos de algunos tangos ya con autor conocido, como La concha de la lora (equivalente al hispánico coño de la Bernarda) de Manuel Campoamor, luego adecentado como La cara de la luna, y Concha sucia (id est coño sucio) que Francisco Canaro adecentaría como Cara sucia.
Un dato enigmático de las primitivas ediciones de tangos en los años iniciales del siglo, es la aparición de compositoras como Juana Giroud Faleni y María Torres Caamaño. ¿Eran realmente unas atrevidas señoritas que arriesgaban sus nombres, vinculándolos con ese mundo proxenético, o se trata de seudónimos que enmascaran a unos correctos caballeros por las mismas razones?
Lo cierto es que algunas mujeres de entonces, no precisamente autoras de música, fueron inmortalizadas por algún tango que las rescata de la gleba quilombera. Ejemplo procaz y, al tiempo, ingenuo, es la letra que Caruso escribió para La Chacarera (equivalente español aproximado: la Granjera) con música de Juan Maglio. Recuerda a una famosa hetaira de Avellaneda, ciudad industrial pegada al sur de Buenos Aires, apenas se cruza el Riachuelo, donde funcionó, embozada como sociedad judía de socorros mutuos, una mafia de rufianes centroeuropeos llamada La Zwi Migdal.
Fuente: El tango. © Blas Matamoros / © Acento Editorial, 1996.
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Tango
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