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Canciller |
La vida de Tomás volvió a cambiar en 1154, cuando el nuevo rey, Enrique II, le nombró su canciller. Teobaldo y otros obispos le habían recomendado, deseando que la Iglesia pudiera encontrar en él, como mano derecha del rey, a un benefactor y defensor. Los ocho años que trabajó como ministro principal del rey fue un tiempo de servicio pródigo. A cambio, Tomás fue recompensado con una gran riqueza, que exhibió en una magnificencia sin precedentes en el protocolo. Hubo eclesiásticos que se quejaron de que el canciller prestaba poca atención a los intereses de la Iglesia. Sin embargo, sus biógrafos cuentan que preservó la castidad en medio de una corte promiscua, que personalmente fue sobrio en la comida y en la bebida a pesar de la abundancia debida a su hospitalidad oficial, que oraba a menudo por la noche y daba misas al amanecer, y que empleaba a clérigos para que le azotaran como penitencia por sus pecados.
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